Dirigiéndose hacia una generación marcada por la Primera Guerra Mundial, Freud ya internacionalmente conocido por su trabajo “La interpretación de los sueños”, concluye el primer manuscrito de “El malestar en la cultura” en 1929 al finalizar la guerra ( Socialdemocracia 1917 - 1933 ). En el cual plantea por primera vez que la construcción de la cultura exige un sofocamiento sistemático de la pulsión de destrucción y de los instintos sexuales de los individuos, por lo que estos desarrollan ciertos niveles de neurosis que sin embargo puede llegar a ser procesada y transformada en conciencia.
En “El malestar en la cultura” y en “Moisés y la religión monoteísta”, Freud desde su óptica psicoanalítica, apoyándose de un análisis sociológico , explica la tendencia de los individuos a la maldad, la agresión y la crueldad, que proviene del odio primordial y que son sofocadas por las restricciones impuestas por la cultura. Para Freud la cultura vive en perpetuo malestar, ya que para que ésta pueda realizarse requiere de la represión de los instintos fundamentales de los individuos y sobre todo el principal de ellos, el instinto sexual. Provocando una interiorización de la conciencia de culpa que tendrá que manifestarse en elementos constitutivos de la producción de la cultura de maneras patológicas. Freud cuestiona por esto el
pensamiento hecho razón, el “ cogito cartesiano”, ya que los individuos de la cultura son sujetos neuróticos, producto de la represión orgánica de la cultura sin posibilidad de desarrollarse plenamente.
Caracterización de la violencia:
Estos estudios de Freud nos permiten trabajar con la idea de la violencia histórica, ya que al ser la cultura una forma que requiere en sí la represión de los individuos que la componen, significa una condición estructural violenta transversal a todos los proyectos históricos de la humanidad. Es decir, si los individuos libres se matan entre sí producto de esa agresividad pulsional como describe Freud en “Tótem y Tabú”, la cultura implica un proceso impositivo para que puedan convivir bajo reglas comunes. Sin embargo, esto significa el sofocamiento de sus instintos y su pulsión de destrucción, por lo que la cultura resulta un proceso de violencia histórica de la humanidad (sujeto que ejerce violencia) misma.
Citas textuales:
“Es harto concebible que tampoco la conciencia de culpa producida por la cultura se discierna como tal, que permanezca en gran parte inconciente o salga a la luz como un malestar, un descontento para el cual se buscan otras motivaciones. Las religiones, por lo menos, no han ignorado el papel del sentimiento de culpa en la cultura.” (p. 131)
“Otras pulsiones son movidas a desplazar las condiciones de su satisfacción, a dirigirse por otros caminos, lo cual en la mayoría de los casos coincide con la sublimación (de las metas pulsionales) que nos es bien conocida, aunque en otros casos puede separarse de ella. La sublimación de las pulsiones es un rasgo particularmente destacado del desarrollo cultural; posibilita que actividades psíquicas superiores —científicas, artísticas, ideológicas— desempeñen un papel tan sustantivo en la vida cultural.” (p. 95)
“Estoy tentado de extraer un primer beneficio de esta concepción más rigurosa, aplicándola al proceso de la represión. Según hemos aprendido, los síntomas de las neurosis son esencialmente satisfacciones sustitutivas de deseos sexuales incumplidos. En el curso del trabajo analítico nos hemos enterado, para nuestra sorpresa, de que acaso toda neurosis esconde un monto de sentimiento de culpa inconciente, que a su vez consolida los síntomas por su aplicación en el castigo. Entonces nos tienta formular este enunciado: Cuando una aspiración pulsional sucumbe a la represión, sus componentes libidinosos son traspuestos en síntomas, y sus componentes agresivos, en sentimiento de culpa. Este enunciado merecería nuestro interés aunque sólo fuera correcto en una aproximación global.” (p. 134)